OPINIÓN
En República Dominicana está tomando fuerza una nueva forma de hacer comunicación, construir audiencias y generar influencia social. Una corriente mediática que ha demostrado una enorme capacidad para conectar con sectores populares y que, ahora, comienza incluso a proyectarse hacia el terreno político.
Más que preocuparnos por sus protagonistas, deberíamos detenernos a entender por qué este modelo está encontrando tanta receptividad en nuestra sociedad.
Y aquí los partidos políticos tenemos que hacer un ejercicio de autocrítica.
No sería justo atribuirle al gobierno de turno —cualquiera que sea— la responsabilidad exclusiva de una realidad que se ha venido construyendo durante décadas. El debilitamiento de la confianza en los partidos, el desapego de una parte importante de la juventud y la distancia entre la ciudadanía y la política tradicional son fenómenos que tienen raíces mucho más profundas.
Los partidos políticos tenemos una responsabilidad histórica: contribuir a formar ciudadanos capaces de pensar, analizar, cuestionar e interpretar la realidad con criterio propio.
No se trata de elevar el “coeficiente intelectual” de nadie. Se trata de elevar la educación, la cultura cívica, el pensamiento crítico y la capacidad de interpretar aquello que consumimos diariamente a través de los medios y las redes sociales.
Porque una sociedad educada no tiene que dejar de consumir entretenimiento ni de escuchar voces populares. Lo que debe desarrollar es la capacidad de distinguir entre popularidad y liderazgo; influencia y capacidad; comunicación y gestión; espectáculo y gobierno.
Y gobernar un país es una palabra mayor.
Gobernar está muy por encima del marketing. Está muy por encima del ruido. Está muy por encima de las visualizaciones y de la capacidad de convertirse en tendencia.
Gobernar implica administrar recursos públicos, diseñar políticas, comprender la economía, fortalecer las instituciones, garantizar seguridad, generar oportunidades y tomar decisiones que afectan la vida de millones de personas.
Pero tampoco podemos cometer el error de mirar por encima del hombro a quienes vienen de los barrios.
Ahí está precisamente una de las grandes deudas de los partidos políticos.
Durante décadas hemos construido estructuras en los barrios con hombres y mujeres trabajadores, con arraigo familiar, principios, valores, conocimiento de sus comunidades y una enorme capacidad de liderazgo. Personas que conocen desde abajo las necesidades de su gente y que, muchas veces, han sido determinantes para que los partidos lleguen al poder.
Sin embargo, muchos de esos dirigentes han terminado políticamente desempoderados.
Los partidos nos hemos acostumbrado a buscar cuadros para movilizar los barrios, pero no siempre hemos sabido formar, promover y empoderar líderes capaces de transformar esos mismos barrios.
Mientras nosotros seguíamos pensando en estructuras, otros aprendieron a construir comunidades.
Mientras nosotros hablábamos de reuniones, otros aprendieron a hablar directamente con la gente.
Mientras los partidos perdíamos capacidad de conexión, las plataformas digitales comenzaron a ocupar espacios que antes pertenecían casi exclusivamente a las organizaciones políticas.
Y aquí está la lección.
Esta nueva corriente mediática no creó el vacío. Encontró un vacío.
No creó el desafecto de muchos jóvenes hacia la política. Encontró ese desafecto.
No inventó la frustración de una parte de la sociedad. Encontró una sociedad que ya venía expresando esa frustración.
Por eso, la respuesta de los partidos no puede ser simplemente confrontar esta nueva forma de comunicación.
Tenemos que preguntarnos qué dejamos de hacer nosotros.
Y quizás la respuesta esté mucho más cerca de lo que pensamos: en nuestros propios barrios.
Allí tenemos miles de dirigentes que conocen a su gente, que trabajan, que tienen familias, que han construido reputación durante años y que representan valores que siguen profundamente arraigados en la sociedad dominicana.
Una clase trabajadora que cree en la familia, en Dios, en el esfuerzo, en la educación, en el respeto y en la superación.
Esa República Dominicana también existe.
Y los partidos políticos tenemos que volver a encontrarla.
No basta con tener dirigentes en los barrios. Hay que empoderarlos.
Darles formación.
Darles herramientas.
Darles capacidad de gestión.
Darles comunicación.
Darles protagonismo.
Y, sobre todo, permitirles demostrar que desde los mismos barrios pueden surgir liderazgos modernos, preparados, serios y capaces de conectar con las nuevas generaciones sin renunciar a los principios.
El desafío no es competir con el ruido.
Es recuperar la capacidad de ser escuchados.
No es despreciar la comunicación popular.
Es aprender a comunicar mejor.
No es combatir las nuevas plataformas.
Es comprender cómo funcionan y utilizar las herramientas de nuestro tiempo para acercarnos nuevamente a la sociedad.
Los partidos políticos no debemos tenerles miedo a las nuevas corrientes de comunicación. Debemos entenderlas.
Porque cuando una sociedad comienza a buscar fuera de los partidos las respuestas, las referencias y las voces que antes esperaba encontrar dentro de ellos, el problema no está solamente en quienes ocupan ese espacio.
También está en nosotros, que dejamos ese espacio vacío.
Y quizás esta nueva corriente mediática sea, precisamente, la oportunidad que necesitábamos para mirarnos al espejo.
No para destruirlo.
Para corregir lo que estamos viendo en él.
Por Rafael González Núñez

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