No somos gente que se fue

La diáspora dominicana no solo envía remesas: sostiene hogares, impulsa la economía y forma parte activa del presente y el futuro del país.

Lic. Rafael González Núñez , a bogado de profesión, derecho inmobiliario y corporativo, director comercial del Grupo Vista Caribe,  Dirigente Político, ejecutivo de la  fundación Dominico-española 
Por Rafael González Núñez
Cada mañana, en Europa, un dominicano se levanta temprano. Sale a trabajar cuando aún hace frío, cumple largas jornadas, paga alquiler, impuestos y transporte. Y aun así, antes de pensar en sí mismo, piensa en su familia en la República Dominicana.
Y envía dinero. No porque le sobre, sino porque pertenece.
Las remesas enviadas por la diáspora dominicana se han convertido en uno de los pilares más sólidos de la economía nacional. Para el año 2025 alcanzaron cifras históricas y, de mantenerse la tendencia, para 2026 podrían rondar los 1,800 millones de dólares. Pero detrás de ese número hay algo que no aparece en los informes económicos: historias de sacrificio, disciplina y compromiso con el país de origen.
Cada transferencia representa más que un movimiento financiero. Representa horas de trabajo, distancia familiar, adaptación a otra cultura y el deseo persistente de seguir siendo parte de la vida cotidiana de quienes quedaron en casa.
Ese esfuerzo sostiene hogares, paga estudios, impulsa pequeños negocios y mantiene activa una parte importante del consumo interno. En términos prácticos, la diáspora dominicana no solo contribuye a la economía: también ayuda a sostener su estabilidad.
Si miramos hacia atrás, el contraste es evidente. A principios de los años dos mil las remesas eran un apoyo importante; hoy forman parte estructural del funcionamiento económico del país. Durante la pandemia quedó aún más claro: cuando sectores enteros de la economía mundial se paralizaron, la diáspora dominicana siguió enviando apoyo a sus familias. Mientras muchas cosas se detenían, ese compromiso continuó.
Sin embargo, todavía persiste una idea simplificada: que quien vive fuera vive mejor y sin dificultades. La realidad es distinta. Muchos dominicanos en Europa y otras regiones trabajan en empleos exigentes, con horarios extensos, lejos de su red familiar y enfrentando los desafíos propios de la vida migratoria. La distancia no elimina el sacrificio; simplemente lo redefine.
Por eso, la conversación nacional sobre la diáspora necesita avanzar hacia una nueva etapa.
Durante años, la relación entre el país y sus comunidades en el exterior se ha construido principalmente alrededor del envío de remesas. Pero el potencial de la diáspora dominicana va mucho más allá de esa dimensión económica. Existe capital humano, experiencia profesional, capacidad de inversión y una profunda voluntad de seguir participando en el desarrollo del país.
Pensar en políticas públicas que reconozcan esa realidad —facilitando espacios de participación, programas de cooperación educativa, incentivos para inversión productiva o iniciativas culturales que fortalezcan la identidad— no debe verse como una concesión, sino como una evolución natural del proyecto nacional.
Porque la República Dominicana de hoy ya no es solamente un territorio geográfico. Es también una comunidad extendida que vive, trabaja y contribuye desde diferentes partes del mundo.
Entender esa dimensión global de la dominicanidad no divide al país. Al contrario: lo fortalece.
De hecho, uno de los grandes retos de nuestra generación será precisamente ese: construir un país que piense su desarrollo contando también con los dominicanos que viven fuera de sus fronteras. Integrar esa experiencia, ese conocimiento y esa capacidad de trabajo puede convertirse en una de las mayores ventajas estratégicas de la nación en las próximas décadas.
La diáspora no es una cifra en un informe económico.
Es una comunidad viva que sigue creyendo en su país.
No somos gente que se fue.

No somos gente que se fue

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